Carnavales y rutinas en los pueblos cubanos

Carnavales y rutinas en los pueblos cubanos

Los carnavales han sido, y serán, el acontecimiento de muchísimos lugares de Cuba.

La mayoría de ellos han perdido el sentido de fiesta popular que tenían antes, para convertirse en una súper feria de gastronomía y todo lo que se pueda comprar y vender. Sin embargo, ante la falta de opciones culturales en tantísimos sitios al interior de la isla, los carnavales resultan el evento del año.

Apartándonos de los carnavales de La Habana, los de Santiago, las parrandas de Remedios y alguno que otro reconocido y preservado como tradición, la mayoría de los carnavales sostiene un mismo sello. Música en la calle, pipas de cerveza, mesas que abarcan desde el inicio hasta el final del pueblo vendiendo alimentos, juguetes, ropa, bisutería… Y aparatos infantiles que se montan y desmontan con la facilidad con que se arma una casa de campaña.

Pero ahí están las personas, amaneciendo al compás de la orquesta que haya podido pagar el municipio. Exhibiendo la ropa que compraron específicamente para esos días. Estrenando parejas, amistades, sonrisas.

Para la gente de pueblo ya no importa tanto la comparsa, ni las carrozas, en aquellos pueblos donde aún hay comparsas y carrozas. Ni siquiera que los comercios itinerantes les vendan los mismos productos que han visto en las tiendas durante todo el año.

El carnaval le da a “la comarca” un aire de fiesta que todo lo vuelve nuevo. Por eso la gente quiere vestirse de nuevo, pintarse de nuevo, sentirse como nuevo. Y aunque cada año, al final de los tres días decida que sin carnaval infantil no es lo mismo, que sin estrellas y luceros no es lo mismo, que sin áreas cerradas no es lo mismo, al siguiente cambian de opinión. Porque hay que reconocerlo, después de 365 días a todo el mundo se le olvida lo monótono que se ha vuelto y solo quiere un cambio en la rutina, aunque sea el carnaval.

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